El encargo
Una escuela local de refuerzo escolar necesitaba una identidad que la diferenciara de las academias de toda la vida. El briefing cabía en una frase: parecer moderna sin dejar de ser cercana. Su público eran familias que buscaban ayuda con los deberes, y la marca tenía que inspirar a la vez confianza a los padres y simpatía a los niños.
El concepto
La respuesta estaba en el propio material de trabajo de la escuela: los deberes. El logotipo se construyó con tipografía manuscrita de trazos independientes —cada letra dibujada como un trazo suelto, igual que se escribe en un cuaderno—, huyendo de las manuscritas enlazadas de aire caligráfico, que envejecen la marca.
Sobre esa base, un único gesto conceptual: la i inicial se convierte en una bombilla encendida. El punto de la i es el filamento; la idea que se enciende cuando por fin entiendes el problema. Nombre, símbolo y propósito en un solo trazo.
La paleta refuerza el reparto de papeles: azul marino para la seriedad que tranquiliza a los padres, amarillo para la chispa que conecta con los niños.
El resultado
Una identidad que funcionaba igual de bien en la puerta del local que en la fotocopia en blanco y negro de una circular —la prueba de fuego de cualquier marca escolar en 2002—. Trazos limpios, un símbolo memorable y ningún adorno que estorbe: deberes bien hechos.